La educación y su uso político. Vergüenza señores

Nací en un estado que ostenta el dudoso honor de ser aquél que ha aprobado un mayor número de leyes educativas en los últimos 30 años. Pensará el desconocedor que España constantemente adapta su sistema educativo para estar en la cresta de la ola. Incluso que lo hace para incorporar en sus aulas todo lo necesario para que nuestros críos no vivan aislados en un mundo que día a día es más global en donde sobrevivir sin idiomas y siendo analfabetos digitales se antoja más y más complicado.

Pero resulta no ser así. Es política.

Cualquier excusa es buena para crear una nueva ley educativa: Aquí más religión, allí menos, acá educamos a la ciudadanía, allá resulta que los niños catalanes son adoctrinados con su lengua y hay que cargársela, ahora vamos a cambiar los temarios para contradecir a nuestros (y otros) filólogos, ahora vamos a fragmentar por aquí, después por allí. No menospreciemos tampoco lo útiles que son estos debates para crear cortinas de humo y ocultar otros asuntos de fondo.

Entretanto, todo sigue igual. Gran número de influyentes personalidades siguen sin entender qué se cuece en el mundo. Siguen viviendo en los sesenta. ¿Soy el único que siente vergüenza al ver a “nuestro” presidente poniendo cara de boniato al ser saludado por otros mandatarios? Ni un conversation starter, ni un nice to see you again. Por dios!

Otra vez, y es la cuarta en los últimos meses, acabo de rechazar a un ingeniero español para ocupar una posición en mi equipo en Suecia por su bajo nivel de inglés. ¿Nivel técnico? Tan alto o mayor que el de cualquier otro candidato. Y me pone triste.

Hablaba con Pablo, un compañero de trabajo hace unas semanas. Medio en broma, medio en serio: Si España hubiera hecho sus deberes en educación hace 15 años (Portugal, Grecia, las repúblicas bálticas y muchos otros lo hicieron), medio país estaría en la puerta de embarque. Pensar que la mejor “herramienta” que tiene España para retener talento está siendo la falta de idiomas me pone los pelos de punta.

Y lo que más me duele: en lugar de identificar y arreglar estos problemas, ahora resulta que en Catalunya estamos haciendo apartheid con la lengua. Hablo y escribo dos idiomas como nativo. Este hecho únicamente me ha abierto puertas en mi vida. Nunca me ha cerrado ninguna. ¿De verdad queremos fastidiar lo poco que funciona?

Dan ganas de emigrar. Oh wait

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